Soy de los que cuando se levantan tienen el estómago cerrado como un puño, y no me entra nada de comida. Así que salgo de casa con un café o un cola-cao calentito (según el día).
Más o menos a las 10:30 de la mañana salgo por la puerta de mi oficina dispuesto a devorar un desayuno y leer el periódico, que (casi) siempre es el siguiente: Un café con leche y media tostada con aceite de oliva y tomate.
Es el desayuno “típico” en Córdoba, el que más gente suele elegir… La tostada es el rey del desayuno, con tomate, con jamón, con sobrasada, mantequilla, paté o zurrapa de lomo. Un mundo donde elegir. Tostada de mollete, de viena, de baguette, de pan de pueblo… (nunca de pan de molde, ¡eh!)
Pero donde está fallando es en la leche… con café, cola-cao o como quieras… Vengo observando que se está sustituyendo por otro líquido, menos saludable, y para mí asqueroso a estas horas. ¿Y es? ¡La Coca-Cola! o cualquiera de sus variantes.
Me niego a admitirlo, ¡me levanta el estómago! Y sé lo que pensáis, y no son gente que llevan horas levantados, currando… no, es el chaval que se acaba de levantar y baja al bar a desayunar y se pide, no una, sino dos coca-colas, una detrás de otra con la estupenda tostada… cuando no es un Burn-Red Bull o jarabe parecido.
¿Es el nuevo desayuno del siglo XXI? Espero que no, o nuestros estómagos se resentirán.
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